La noche del 19 de febrero un hombre de 42 años hizo un sangriento recorrido de crímenes de odio que terminó con un saldo de nueve muertos. La noticia sacudió a la nación europea y la canciller alemana mostró su consternación. El siguiente relato da cuenta de este hecho.
por: PulsoCR / 24 febrero, 2020
Por Ovidio Vargas*
En la temprana madrugada del jueves 20 de febrero se dibujaban ocho muñequitos de tiza en diferentes puntos de la ciudad alemana de Hanau. A los ojos de un niño el contraste entre el gris del suelo y el blanco de la tiza, podría confundirse con el humo de los narguiles que aquellas muertes tenían en común.
Tobías Rathjen, de 42 años, había sido envenenado. No había sido la cicuta de Platón. Era un veneno lento, que la canciller alemana, Ángela Merkel, habría de mencionar tras la conmoción por la noticia; el racismo.
Al igual que a miles de alemanes, al asesino le habían suministrado múltiples dosis de posteos conspiranoícos y xenófobos en internet.
Éstos alimentaron un sentimiento de odio que se repite en miles de comentarios de simpatizantes ligados a páginas de la extrema derecha alemana. Una sombra del nacionalismo que todavía se pasea por las calles de su país.
El mismo país donde se gestó dio el exterminio de 6 millones de personas, por un sentimiento nacionalista dirigido a matar a quienes no formaran parte de una supuesta utopía.
Antes de dispararse a sí mismo y convertirse en su última víctima esa misma noche, Rathjen había dejado algunas cartas y denuncias donde relataba que había sociedades secretas musulmanas que le perseguían.
Un paseo fúnebre
Como si los demonios del pasado alemán le hubieran poseído, Rathjen, completamente embebido con la idea de que los musulmanes deben ser erradicados por el bien de su país, lanzó su primera acción antes de la media noche del miércoles 19 de febrero.
Horas antes había escrito un manifiesto advirtiendo los “peligros” que hay en el mundo (peligros que no van más allá de su propia mente) y lo acompaña con un video hablando en perfecto inglés y extrañamente dirigido a los americanos.
Una de sus “soluciones” era aniquilar a la población de Magreb, o sea, al pueblo árabe, berebere y musulmán al sur del mediterráneo.
Armado con sus tres pistolas, totalmente legales gracias a su licencia de tiro deportivo, abordó su auto. Poco después llegó al Medianoche, un bar de hookahs, donde sabía que iba a encontrar musulmanes desprevenidos.
Decidió estacionar su auto, pero el demonio en su interior o un impulso manifiesto, no se sabe, no lo dejó esperar hasta la hora que le daba el nombre al bar, poco le interesa al odio la justicia poética.
En medio del humo de las shishas (narguilas) distinguió la piel oscura de sus blancos y como si estuviera en una de sus prácticas de tiro, se bajó del auto, entró al lugar y abrió fuego contra dos clientes y un mesero.
Agencias de prensa relataron después que las víctimas aterradas no sabían si correr o quedarse quietos, fingir estar muerto daba casi lo mismo, cuando se siente que el último grano cae en el reloj de arena de su vida.
Para fortuna de los sobrevivientes, Tobías decidió darse a la fuga.
Pero como si tres muertes no le hubieran calmado el odio, decidió hacer una parada cerca de su casa en el bar Arena, otro establecimiento de narguilas.
Esta vez, cinco vidas se desvanecieron junto al humo del tabaco saborizado.
Una de sus víctimas fue trasladada al hospital de la ciudad alemana, y mientras agonizaba en el hospital, las luces policiales iban rumbo a la casa de Rathjen, mostrando el presente y el futuro, el rojo infernal del demonio que lo poseía y el frío azul de sus víctimas.
Como muchas veces pasa, la policía no llegó a tiempo. El cuerpo de Tobías Rathjen yacía aún tibio en casa donde vivía con sus padres.
Era la madrugada del jueves. El demonio había sido arrastrado hacia algún infierno. No estaba solo. En la escena había dos cuerpos.
El otro cuerpo era el de su madre de 72 años.
*El autor es periodista colaborador.