Artículo de Opinión
A pocas semanas de las elecciones, la oposición costarricense no corre: va descalza sobre grava. Se tropieza, se resbala y vuelve a caer, como si la recta final se hubiera transformado en un potrero minado y un camino incierto. Mientras el voto indeciso espera señales claras, lo que recibe es dispersión, mensajes cruzados y una preocupante falta de reflejos políticos. El problema no es solo errar, es errar sin aprender.
Liberación Nacional es uno de los que le ha costado caminar sobre terreno firme. Álvaro Ramos llegó con un discurso claro: limpieza interna, renovación y hojas de vida intachables. Señaló con dureza a figuras del oficialismo y se presentó como el antídoto contra las viejas prácticas. Pero la realidad —siempre inoportuna— irrumpió con allanamientos a la vivienda de la alcaldesa de Puriscal y candidata a diputada por San José, además de oficinas municipales bajo investigación. La candidata se hizo a un lado, sí, pero Ramos guardó silencio. Y cuando el relato es “mano dura”, el silencio no suena a prudencia: suena a cálculo.
Ese mismo día, el Frente Amplio también tuvo que correr por el extintor. La investigación a una simpatizante por presuntos mensajes que atentaban contra la vida del presidente encendió alarmas y obligó a una condena inmediata. El partido reaccionó rápido, como correspondía, pero el episodio volvió a sumar a la sensación general: la oposición va apagando fuegos, no prendiendo ideas.
En las filas de la denominada coalición, el tropiezo se dio con el video de Agenda Ciudadana usando a la esposa de un candidato a diputado para hablar de mujeres que venden por catálogo. La intención quizá era conectar; el resultado fue otro. Más que sensibilidad social, evocó campañas viejas, de esas que creen que cambiar de rostro basta para actualizar el mensaje. El contenido se diluyó y la conversación giró hacia lo inevitable: ¿en serio nadie levantó la mano para decir “mejor no”?
Como si hiciera falta más gasolina, el expresidente Carlos Alvarado decidió morder el anzuelo que Rodrigo Chaves le dejó servido. Hasta entonces había optado por una retirada estratégica, evitando opacar la campaña de su esposa, Claudia Dobles. Bastaron un par de provocaciones para que volviera al ring, reactivando polarizaciones que al oficialismo le resultan cómodas, conocidas y, sobre todo, útiles. En política hay silencios que construyen… y silencios que conviene no romper, sobre todo cuando el adversario vive de la confrontación.
Mientras tanto, el oficialismo juega en otra cancha. Rodrigo Chaves sonríe, recibe a Nayib Bukele y vuelve a colocarse —otra vez— en el centro del escenario. Poco importa si la candidata oficialista tuvo un debut discreto en los debates; la foto, el gesto y el ruido vuelven a girar alrededor de Zapote. Y en campaña, quien domina la conversación no necesita explicar demasiado: le basta con estar.
Así, la oposición queda atrapada en una paradoja incómoda: quiere disputar el poder, pero pasa más tiempo justificando errores que construyendo esperanza. Cada semana trae una polémica nueva; cada día, un control de daños distinto. Ya no se discute quién tiene mejores propuestas, sino quién logra dejar de dispararse en el pie primero.
La gran pregunta es si los comandos de campaña aún están a tiempo de una reingeniería real, o si seguirán cayendo en trampas propias mientras el reloj avanza sin misericordia. La recta final no perdona improvisaciones. Y, por ahora, la oposición corre… mirando al suelo, justo cuando debería estar mirando al frente.