Bukele llega a Costa Rica. Foto: EFE.
La llegada del presidente de El Salvador, Nayib Bukele, a Costa Rica se produce en uno de los momentos más sensibles del proceso electoral. El mandatario arriba al país para participar en un acto oficial relacionado con la colocación de la primera piedra de la megacárcel, en una coyuntura marcada por tensiones políticas, hechos judiciales de alto impacto y un debate público cada vez más polarizado.
La visita no pasa desapercibida. El Tribunal Supremo de Elecciones ha sido enfático en recordar que figuras extranjeras no pueden intervenir, directa ni indirectamente, a favor o en contra de candidaturas en contienda, en resguardo de la neutralidad del proceso. El recordatorio cobra relevancia ante la cercanía entre Bukele y el presidente Rodrigo Chaves, una relación que ha sido pública y políticamente significativa en temas de seguridad.
El contexto de fondo es el deterioro sostenido de la seguridad. Entre 2022 y 2025, Costa Rica acumula más de 3.000 homicidios, el registro más alto de su historia reciente. El crecimiento de la violencia ligada al narcotráfico ha convertido la seguridad en uno de los ejes centrales de la campaña, y en ese escenario la figura de Bukele —asociada regionalmente a una política de mano dura— adquiere un peso simbólico inevitable.
La llegada del mandatario salvadoreño coincide, además, con una jornada política particularmente agitada. Hoy, se han registrado allanamientos a la vivienda de una alcaldesa y candidata a diputada del PLN, así como a oficinas municipales; investigaciones por mensajes de una simpatizante del Frente Amplio que habrían aludido a un atentado contra la vida del presidente Chaves; adhesiones políticas inesperadas; y un debut reciente de la candidata oficialista en debates que dejó lecturas divididas sobre su desempeño.
Todo ocurre cuando la campaña entra en su fase decisiva, con un electorado atento y una oposición golpeada por episodios que han obligado a controles de daños más que a la construcción de relato. En ese clima, la presencia de Bukele no solo responde a una agenda bilateral, sino que se inserta —quiera o no— en una escena electoral cargada de simbolismos, donde seguridad, poder y política se cruzan en medio de los que apelan por la calma democrática.