Dulces de coco, flores y calles vacías: El rostro del vendedor ambulante en la pandemia Covid-19

Amigo, le voy a decir una cosa: O lo mata el hambre en la casa, o lo mata el virus. Yo alquilo una casa y el primer día que se venció el mes, me llaman a cobrarme. Yo le dije al chavalo: mae, ¡Qué me vas a cobrar hijueputa si no tengo plata!


Foto Aarón Chinchilla

Sin gente en las calles pero todavía apesta a orines secos.

Con semanas de cuarentena, las aceras están vacías. Hay silencio en las calles, ojos abiertos, pasos rápidos y el sol de verano calienta las calles de la capital. El reloj marca minutos antes del mediodía de sábado.

A la par de la sucia cuneta, camina Alberto. Tiene un tanto tiempo entrando a los bares y prostíbulos de la capital.

Usa camisa morada y una gorra gris.  En sus manos carga tres ramos con rosas, girasoles, margaritas y unas flores que pretendían ser azules pero que el spray dañó.

Camina hacia el Hotel del Rey.

«Al rato un gringo me le compre un ramo a una de esas machas que hay siempre ahí», espera.

Las puertas de madera dicen lo contrario. No están ni la macha ni el gringo. El Rey está cerrado. La pizza del frente también, al igual que todos los locales de la cuadra.

«Voy a estar en la calle hasta las cinco de la tarde. Estas rositas las ando dando a mil pesos. Normalmente salen a dos mil ¡Pero ya no se vende nada!» ¡Puta sal que no alcanza para nada!, reniega.

¿Va a salir estos días?

«¿A dónde huevón? Si no hay nadie en la calle. No se puede. No se gana nada ni para la comida! Pero primero Dios primero ahí ¡Usted sabe!!

Su sombra se pierde entre el calor que cobija las calles capitalinas.

Por más que el Gobierno y los noticieros invoquen el «quédate en casa», algunos (as) tienen que rebuscar el pan diario.

Los jerarcas de las instituciones citan frías estadísticas a memoria, mientras en las calles de la capital, los vendedores ambulantes se «juegan el pellejo» contra el Covid-19, la incertidumbre y el hambre.

Dos cuadras al norte, está Joaquín, de 64 años, quien por edad es uno de los pacientes bajo riesgo de caer fulminado por Covid-19. A esta hora, ya debería estar guardado en su casa y vive en barrio Naciones Unidas.

De bigote canoso, flaco y de lengua suelta. Con ojos grandes y amarillentos vigila las cuatro cajetas mechudas  de coco.

¿Cómo ha estado la venta en estos días?

Muerto. Fatal. Aquí hay dos cosas: La policía Municipal se nos lleva todo. Cada vez que vienen, lo dejan a uno hablando solo. Aparte, estamos en crisis y a la gente la tienen aterrorizada ¡Qué no haga esto o que no haga lo otro! ¡Qué no se mueva, qué no salga! Diay huevón, ¿Cómo hace uno!

¿Y no le da miedo lo que dicen las noticias?

«Diay mae,  uno tiene que salir por que tiene pegado el tanque de gasolina» (dice mientras se toca su barriga). Uno tiene que echarle gasolina al tanque.

Amigo, le voy a decir una cosa: O lo mata el hambre en la casa, o lo mata el virus. Yo alquilo una casa y el primer día que se venció el mes, me llaman a cobrarme. Yo le dije al chavalo: mae, ¡Qué me vas a cobrar hijueputa si no tengo plata! ¿De dónde voy a agarrar? y para peores las veces que salgo, estos majes de la muni se me roban todo. Mae, vea, yo estoy vendiendo cinco rojos para comer, pero si usted no sale, no consigue. Y uno dónde vive, nadie le va a dar nada (…)

Joaquín relata que la gente está aterrorizada y como anécdota cuenta que en el barrio «hay una viejilla chepa» que, desde que comenzó la pandemia «no sale ni se asoma en la ventana», pero él «no tiene la misma suerte».

«Todo eso influye mae.  Cuando tiran una bomba, se van los que están alrededor y la gente está cagada. Pero diay, ¿qué hace uno? Yo tengo que comer. Ayer me quedé sin comer. Ayer llegué a la casa y yo esperaba que mi hijo llevara unas papas ¡No llevó nada! Nos quedamos a verga sin comer. A puro arroz con café toda la noche. Pero di, aquí estamos. Esperando que esto pase en dos meses más».

El vendedor termina asegurando que «estando tres días en la casa, se volvería loco».

«Yo me encierro desde las tres de la tarde hasta las cinco de la mañana, pero ¡qué va! ¡Papi, viera como se hacen esas horas! Usted da vuelta, se mete al baño, se baña, vuelve a salir, vuelve a entrar, pero (her)mano, uno no puede. ¡Uno la tiene que luchar a diario! ¡En la casa uno puede estar solo si es un palacio! ¡Y yo creo que ni así! ¡Eso es vara!»

Al lado de las cajetas de Joaquín, está Luis Guillermo Chinchilla.

Ojos verdes, dos dientes, camiseta turquesa, y gorra del Club Sport Cartaginés.

Antes de la emergencia, vendía lotería en las calles y ganaba, en promedio, 34 mil colones semanales, pero «está mierda nos cayó encima».

«La Junta paró los sorteos. Yo no tengo ni dónde vivir. Vivo de lo que Dios me repare. No tengo ni familia. Yo aquí me vengo a acompañar al hombre. Cuando viene la muni, los dos agarramos las cajas y tratamos que no se lleven nada. Yo le voy a decir algo macho: a los pulseadores, ninguna institución nos ayuda. A nadie le importa uno».

El hombre, de setenta años, relata que por seis mil colones, alquila un cuarto por el bar La Embajada, pero «a veces no alcanza ni para eso».

«Si yo no le llevo los seis rojos, nada. Ella me ha dejado tres días durmiendo y estoy esperando que la Junta deposite lo de los últimos trabajos, pero a estas horas nada. Tengo que ver que hago. ¿Usted cree que yo, sin tener dónde estar, me puedo dar el lujo de quedarme en la casa? Uno tiene salir a la calle y ver qué. El gobierno no le va a decir a uno: tome cinco mil pesos para que comer. Un día, un policía me dice: Váyase a la casa ¿Di huevón, me va a llevar a la suya?. Luego me fui a un hospital y es una tristeza estar ahí. Uno siente que el mundo se va a acabar y da una depresión grandísima».

Pesan los hombros. Lleva en su alma el cansancio y la tristeza. Se sienta en un banco de madera y destapa un tarro ancho y hondo color verde. En su desazón, se come su plato favorito: arroz y huevo revuelto.

Pasan la una de la tarde. El ministro de salud brinda su reporte diario sobre el Covid y Luis Guillermo se toma un trago de café, mientras el cielo se tiñe de gris… mismo color que abruma los anhelos  y esperanzas de los vendedores de la calle en la ciudad de San José.

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